Caminaba por el centro de viña del mar, y pase frente a dos jóvenes que tocaban violín, advertí que el tema era un tango, tango que se usa en las escenas de la película “Perfume de mujer”, sólo escuché lo que demoré en pasar frente a ellos, que por lo demás fueron breves segundos dado mi rápido caminar.
Pasé al supermercado, en todo el trayecto seguí recordando la melodía que no alcanzó a llamar mi atención, pero fue lo suficiente como para retenerla en mi memoria por varios minutos, a la salida noté que los jóvenes seguían en el mismo sitio con otros temas, sólo unas pocas personas se detuvieron a admirar.
Me detuve yo también, me apoyé en un árbol, cerré los ojos no más de 30 segundos, luego estaba sólo y el resto caminaba frente a ellos. De pronto la primera reflexión: Una calle no es el mejor lugar para escuchar música, eso es cierto, la bulla de los vehículos, la conversación de las gentes y los sonidos de cada local por ahí cerca impiden una correcta contemplación de los sonidos que emite un instrumentista. Pero me llamó más la atención la imprudencia de quienes pasaban por frente a ellos sin advertir la presencia de los sonidos en su camino.
Creo no soy quién para decirles que son imprudentes, muchas veces lo he sido también tal cual ellos, pero esta vez me llamó la atención y es parte de mi reconciliación con la música, hablo de la interpretada, no de la envasada. Me acomodo un poco más tomando asiento para disponer mejor mis sentidos, pasan unos minutos y una joven me da una segunda reflexión, pues le pregunta a otra ¿qué canción será esta?: La música que se interpreta en las calles, en el metro, en la micro, o en cualquier espacio público tiende a no tener presentación, no hay un maestro de ceremonias que indique el nombre del tema, una breve introducción al compositor, o una reseña histórica de la presentación que harán. Hoy la música no es más que un producto que sólo es una experiencia sensorial que produce algún estado anímico en quien oye, más no es parte de una reflexión que puede causar ese estado.
Desde mi segundo encuentro con los instrumentistas tuve en mis manos unos cuantos metales, ellos son mi tercera reflexión: desde aquel momento en que hice consciente los metales en mis manos, tomé advertencia de quienes pasaban frente a los jóvenes y lanzaban unos cuantos al estuche de uno de los violines. Era para todos un acto natural, un lento caminar mientras se escabullían en billeteras o bolsillos buscando un par de monedas para lanzar, pero no hacían más que agravar la imprudencia, esa misma que es parte de mi primera reflexión.
Me deprimí, luego me molesté, recordé aquella escena de la película “Violeta se fue a los cielos” donde Violeta dice a los asistentes “sordos, sordos, sordos” al no valorar su interpretación del tema Volver a los diecisiete. Cuarta reflexión: La música hoy es banal, no forma parte de las pretensiones de las gentes, no es más que una excusa para “disfrutar” unos minutos de lo que puede generar realmente en todos, es como la lectura, todos la practican a diario, pocos la comprenden, pocos la practican por pasión, pocos practican la literatura, eso produce falta de creatividad, la poca lectura y escuchar poca música.
Cristóbal se sienta a un costado para descansar, le pido su correo para enviarle este escrito, me responde que su amigo se llama francisco. Luego practico el mismo ritual de todos, me acerco al estuche del violín y deposito los metales que tuve en mis manos durante los breves minutos que estuve reflexionando por su culpa. Sigo caminando.
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